La oposición no ha contado con la posibilidad de probar en ningún escenario su supuesta mayoría frente a Chávez
Lo único que les queda de aquí a la gran batalla, pautada para el siete de octubre, son las primarias. Pero si la respuesta de su gente en ese evento no alcanza al menos un veinticinco por ciento del registro electoral, que ya ronda los dieciocho millones y medio de electores, entonces la derrota será poco menos que estruendosa porque, si bien es cierto que unas primarias no tienen el poder de convocatoria de unas elecciones presidenciales, lo imperioso aquí para ellos es hacer ver que cuentan con una fuerza superior.
¿Qué no lo saben? Sí lo saben. Por eso la carrera no es para ganar ninguna figuración en un torneo que desde ya tiene sentenciada la fatalidad.
Las primarias son un evento escenográfico que persigue cumplir con el ritual de la democracia que la derecha pregona como contrapuesta al modelo totalitario que ellos dicen encarnaría Hugo Chávez.
Se trata de hacerle creer al mundo que la oposición aquí es mayoría a pesar de no ganar elecciones por culpa de la dictadura comunista que imperaría en el país. A lo cual una solución razonable sería el conjunto de medidas sancionatorias que pudieran ser tomadas por la comunidad internacional, al mejor estilo del grotesco proceso que culminó con la devastación de Libia. Para eso trabajan todos y cada uno de los precandidatos de ese evento.
Cantar fraude el siete de octubre no es el fin último para esa oposición. Es sólo el primer paso de un plan que tiene como meta extirpar de raíz la revolución bolivariana, en el cual la Fuerza Armada y el poder popular organizado son los más férreos enemigos. De ahí el enconado ataque al general Rangel Silva y a las misiones del proceso en el discurso opositor. Para ese plan se necesitan militares serviles y entreguistas al frente de la institución armada y una muy calculada desarticulación y desmovilización del pueblo con base en la mentira y el engaño de la derecha.
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