Fabián Lavallén: “Chávez restituyó el proyecto de unión suramericana”

Entrevista

Fabián Lavallén: “Chávez restituyó el proyecto de unión suramericana”

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Fabián Lavallén Ranea es licenciado en Historia y en Relaciones Internacionales y doctor en Ciencias Políticas (Foto: Ciudad Caracas)
YVKE Mundial/Ciudad Caracas

Darle continuidad al trabajo de los organismos de integración como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), impulsados por el Comandante Hugo Chávez, es uno de los desafíos más urgentes que tienen los jefes de Estado y de Gobierno de la región en la actualidad.

Así lo destacó el politólogo y analista internacional de El Salvador, Fabián Lavallén Ranea, uno de los panelistas invitados al Foro: Celac y Unasur como herramientas de la soberanía Latinoamericana y Caribeña, organizado por la Asamblea Nacional.

Lavallén resaltó el papel que jugó el Comandante Chávez en el resurgir de la integración latinoamericana pues no “solo restituyó todo el proyecto de unión suramericana y de una propuesta antiimperialista en América Latina, que ya se había avizorado ante el primer peronismo, sino que le dio herramientas institucionales”.

En este sentido, aseveró que una de las cosas que le faltó al gobierno de Juan Domingo Perón en Argentina, por cuestiones históricas y coyunturales, fue institucionalizar la búsqueda de una nueva voluntad para propiciar una autonomía de América Latina, al menos en términos políticos, “que después se materializa en términos económicos, sociales y culturales, pero las iniciativas de Chávez, que no se pueden sintetizar muy rápidamente, la mayoría de ellas están ancladas en una nueva cultura política”.

En el Plan de la Patria 2013-2019 el Comandante Chávez plantea el desarrollo de una geopolítica integral en la cual toma cuerpo el mundo multicéntrico y pluripolar. ¿Cómo se puede alcanzar ese objetivo?

—Ya sin la necesidad de crear nuevas instituciones sino utilizando las que ya están creadas con una fuerte institucionalización como la Unasur y los consejos que forman parte de este mecanismo que fueron planificados para eso. Hay que empezar a integrarlos primero con intelectuales, no puede ser que estos organismos estén por fuera del debate político en muchos espacios y que no participen de políticas públicas concretas en América Latina. No hay que seguir creando más instituciones sino darle un color de gestión inmediata a las que ya están en funcionamiento. En nuestro país vemos que tanto como pasa en Venezuela y como lo he podido ver en Bolivia y en Perú, hay un déficit y una fuerte distancia entre lo que es la gestión de las cancillerías, la política internacional y las propuestas que hay desde organismos públicos y hasta culturales a nivel doméstico, hay un desencuentro importante. Por eso, la política internacional y, sobre todo, la diplomacia debe acercarse a estas iniciativas de una manera mucho más profunda.

—¿Cuáles son los desafíos que se presentan para estos organismos de integración?

—El más urgente es darle continuidad, lamentablemente la desaparición física de un líder como el Comandante Hugo Chávez le mermó espíritu, le mermó fuerza. Me animaría a decir que hay muy pocos liderazgos, si los hay en América Latina, que logren tomar ese espacio central. Ahora, asumiendo que le cuesta mucho al sector político y que no hay liderazgos como el de Hugo Chávez, habría que tener una política menos ambiciosa hacia lo interno y empezar a multilaterizar el esfuerzo sobre la Unasur, es decir, empezar a dar un esfuerzo rotativo en el cual, más allá de quien ocupe la presidencia o la secretaría, inyectarle desde financiamiento hasta fuerza institucional país por país y que se haga de manera mancomunada.

—¿Cuál es la relevancia que tiene, en este momento, consolidar la integración económica en la región?

—Es vital porque si nosotros administramos las crisis económicas de manera aleatoria y autonómica como se les está manejando desde la gestión pública interna, las crisis van a volver regurgitándose. Estos mecanismos fueron pensados justamente para paliar, o anticipar en muchos casos para prevenir antes que curar, ese tipo de crisis. Por más que cada una de las crisis tenga sus propios localismos y sus propias particularidades, los problemas económicos tienen matrices comunes. Y si lo pudo hacer el centro, podemos llamarlo imperio, desde la resignificación que le dio al Fondo Monetario Internacional, en la década del setenta, o al Banco Mundial, que recordemos fue pensado como un banco de reconstrucción y desarrollo y fue cambiando el color político, nosotros ya tenemos herramientas que hasta podemos resignificarlas en esa audacia, pero es absolutamente urgente y tiene el rol más importante de todos que es nuclear los esfuerzos, por ejemplo, contra los fondos buitre. No solo en temas diplomáticos más coyunturales, en el caso de los fondos buitre, que es bien concreto, hay un espacio multilateral que le puede dar peso a la denuncia de esos fondos en su injerencia directa.

¿Se ha avanzado en la creación de la Zona Económica de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba)?

—Muy poco, pero volvemos a lo mismo, en función de las altísimas expectativas que tiene es muy poco. Eso no hay que verlo como algo malo, sino al contrario, como algo bueno: que tenga tantas expectativas una iniciativa que hace quince años o una década no existía implica que hay una necesidad fenomenal de que se termine institucionalizando. Siempre las expectativas van a estar por arriba de lo que se realiza pero hay que reconocer que cambiaron los tiempos y que se bajaron dos cambios de golpe. En tres años se hicieron tantas cosas, desde el 2011 hasta el 2014, que ahora se le está viendo además el recambio político, y los gobiernos es obvio que van a alterar esto. En Argentina este año tenemos un cambio de presidente, gobernadores, municipios. Eso le va a quitar o le va a facilitar peso, el tema es que si hay continuidad en la política, Argentina está obligada a darle fundamento a estas iniciativas porque mañana pueden cambiar los gobiernos pero las instituciones permanecen.

—¿Cómo pueden la Celac y la Unasur, mediante la integración, contrarrestar males de la región como la pobreza?

—En esos casos tenemos las experiencias compartidas que es lo que se hizo con todos los foros multilaterales. Incluso, hay organismos muy buenos que están comprendidos en la dinámica de la Celac, por ejemplo, la organización latinoamericana de municipios. Al ver cómo se paliaron desde los problemas ambientales hasta los problemas económicos se dan iniciativas a otros gobiernos. Yo he participado en los foros latinoamericanos municipales y vi como municipios argentinos aprendían de municipios mexicanos, con realidades políticas y sociales muy distintas. Por eso digo que en la prevención misma de las nuevas crisis y en la paliación de los conflictos que ya están dados la experiencia compartida es lo mejor, como pasa en las Fuerzas Armadas, para generar iniciativas que tengan un correlato histórico y, por otro lado, un lenguaje común ante las crisis. Al no haber un lenguaje común en estas cuestiones no se pueden compartir las experiencias ni generar nuevas iniciativas. Esa es una herramienta: la política cultural. Además, hay que darle sistematicidad, no puede haber encuentros cada dos o tres años, y se deben crear los consejos locales como hizo la Unasur.

—En el escenario internacional actual ¿cómo han cambiado las estrategias de invasión de Estados Unidos?

—Son siempre las típicas que van cambiando de color y de nombre. Por un lado está la fragmentación interna de los estados, propiciando clivajes (fracturas), acelerando los ya existentes o inventando algunos. Por otro lado, el autoatentado que es un recurso facilitador en la intervención. También lo son la crisis económica ante la implementación de planes que propician esas crisis, calculemos tanto en Bolivia como en la Argentina, por citar dos casos emblemáticos, el Consenso de Washington cómo aceleró el fracaso de los estados y la intervención del neoliberalismo a través del achicamiento del Estado. Después, las más convencionales actuales que tienen que ver con el sistema de propaganda y de satanización de los gobiernos que tiene un enorme éxito.

—Se habla de la caotización de los Estados…

—Sí, esa es la metodología más fuerte hoy en día porque se ve en Medio Oriente de una manera que nunca se había dado en una densidad tan corta de tiempo. Todavía están conformadas las milicias que se utilizaron para socavar al gobierno de Bashar Al Assad en Siria y ya tuvieron que redireccionar esas milicias para parar al fenómeno del Estado Islámico (EI). Es una cosa rarísima que la planificación de la primera intervención todavía no terminó y ya aparece un fenómeno totalmente nuevo. Esto es muy atípico por lo dramático, pues el EI es un fenómeno que vamos a estar estudiando en los próximos doscientos años porque tiene las proporciones geográficas de un estado medio europeo hoy en día, ha tomado centros urbanos con enormes riquezas, con una lapidación de gente, torturas, sobreexposición de la liquidación de personas. Eso es totalmente inédito y, supuestamente, resignificó el conflicto del Medio Oriente pero si se ve en la larga perspectiva generó todo un nuevo andamiaje del imperialismo alrededor de Irán, porque se dio la casualidad que aparecieron células de EI en Afganistán, en Pakistán, en el estado fallido iraquí, con Turquía colaborando y las petro monarquías. No se necesita ser un gran geopolítico para tomar dimensiones del mapa y ver que el único país que es una paz en la tormenta es Irán y está absolutamente rodeado. Todas estas metodologías están siempre bajo la idea de Estados fallidos, el Estado falló en su articulación geopolítica, en su contención social o en su administración pública, y eso habilita que se intervenga o se dé una de las llamada intervenciones humanitarias, como se hizo en Libia, o en contra de una tiranía opresora como se hizo con Siria. Lo que pasa ahora es que ni siquiera se utiliza el recurso de una mentira un poco más organizada. El mismo régimen de (Muamar El) Gaddafi (Libia), con todo lo criticable que pudo tener para que se le calificara de tirano, de un día para otro aparecieron las milicias, se le interviene a través de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), se bombardea, se le saca del poder, se le tortura, se le asesina y se expone su cuerpo. Esto hace diez años no ocurría, nadie hoy puede discutir el acecho del imperio que es tan prepotente, como siempre fue, pero ahora es hasta tosco. Hace veinte o treinta años cuando se intervenía en algún país del mundo por intereses petroleros, gasíferos o lo que fuere, se daban otro tipo de iniciativas en las cuales se escondía esa intervención. Ahora se invade sin ningún tipo de reparos utilizando la OTAN. El imperio siempre acechó y tuvo estas herramientas, lo que pasa ahora es que están al descubierto porque también utilizan herramientas culturales, por ejemplo, el Congreso para la Libertad de la Cultura que se creó en 1950, que reunió muchísimos intelectuales del mundo, a fines de los sesenta se descubrió que era financiado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y que los organismos y los gobiernos a los que denunciaba eran, casualmente, los que se oponían a los intereses norteamericanos. Creo que estamos en un proceso complicado y una manera de resistirlos es poner a prueba las herramientas combinadas. La Unasur, sobre todo, con el Consejo de Defensa Suramericano es un espacio compartido donde podemos crear soluciones para la región.

—En este contexto ¿qué representa el decreto del Gobierno de EEUU contra Venezuela?

—Según la intención, lamentablemente parecería ser la antesala de ese tipo de intervenciones. Quiero pensar que no es así pero ¿por qué no miramos la historia para ver en qué otros momentos se hizo un decreto parecido? Fueron previo a intervenciones. Lo que pasa es que América Latina es algo muy distinto a cercano oriente, no está tan fraccionado, por lo que es un tipo de ensayo para ver qué tipo de respuesta se tiene. Se lo mire por donde se lo mire, es algo absolutamente nefasto y llamativo. Es una declaración que encima se da en complemento con la reapertura hacia Cuba a la cual no se le quitó esa condena sobre su forma de vida, es decir, la reconciliación con Cuba desde EEUU, con la intervención del Vaticano y demás, no está implicando en ningún momento reconciliarse con esa forma de vida. Es lo mismo que pasó durante la Guerra Fría, que no fue un enfrentamiento estrictamente geopolítico, fueron dos formas de vidas opuestas, Estados Unidos siempre considera que su forma de vida y sus valores tienen que ser universales. En el caso particular de Venezuela es llamativo porque cuántos países podían ser considerados una amenaza para la seguridad internacional, cuántos países pueden ser considerados como una política hostil. Por eso digo que es mucho más evidente el imperialismo hoy que antes y por eso también creo que se puede actuar con herramientas más directas. Además, complementariamente a ese decreto de Obama, recordemos las declaraciones del primer ministro inglés considerando a Argentina una amenaza y una hostilidad permanente y por eso hay que rearmar las Malvinas.

—Algunos sectores de la oposición venezolana critican la existencia de estos mecanismos de integración. ¿Por qué cree que asumen esa posición?

—Porque seguramente algunos de los segmentos que ellos utilizan, para llevar adelante una planificación liberal, con la existencia de mecanismos como la Celac y la Unasur se les está frenando. Todas estas iniciativas generaron herramientas para que haya mayor confianza entre los países latinoamericanos y una mejor política. Un ejemplo concreto es que a penas se crea el Consejo de Defensa Suramericano se plantea la necesidad de tener un estudio de presupuesto compartido en defensa. ¿Qué mayor confianza mutua en términos estratégicos militares que saber cuánto está invirtiendo el otro país en recursos armamentísticos? Esa siempre era una verdadera paranoia.

—¿Qué papel juegan los medios de la región ante las transformaciones?

—En profundidad no lo podía decir en Venezuela porque no conozco todos, pero sí vi apenas llegué un color muy parecido a lo que ocurre en Argentina: hay algunos medios que visibilizan errores tácticos sin mostrar la gran estrategia, hay una alta polarización de los medios. A mí lo que más me molesta no es que visibilicen errores, está bien porque el periodismo tiene que ser crítico, ahora que no den cuenta de la implicancia que tiene inaugurar una central nuclear y que sí se dediquen a cubrir en dieciséis páginas a un chico que murió en un tiroteo eso es lo que a mí no me gusta. Si haces un correlato del principal diario de Argentina, ves una historia nefasta y no quieres visitar el país, en eso se parece mucho a lo que vi en Bolivia, en Perú, y lo que veo acá en Venezuela. Hay una gran similitud de una matriz histórica porque pertenecen, por lo general, a un grupo de familias que históricamente vieron beneficiadas sus arcas a través de las últimas dictaduras o los gobiernos liberales.

—¿Cómo ve la situación política en Venezuela?

—La veo complicada como toda transición, es obvio que es una transición muy fuerte la que se está viviendo. Creo que descansan sobre la espalda del presidente Nicolás Maduro demasiadas responsabilidades, por encima del líder que es, tiene que reemplazar la espalda de un personaje que era un Súperman de la periferia. Además, creo que hay una fuerte resistencia de algunos sectores a seguir acompañando una transformación, porque como toda transformación toca intereses y cuando hay intereses económicos, culturales, que históricamente nadie ha tocado, las resistencias son muy grandes. Lo hemos vivido en Argentina, en los últimos diez años, tocando intereses de la tradicional oligarquía que administraba los medios y es lo que también ocurre acá en Venezuela.

—¿Cuáles son los retos para el continente?

—Las visiones compartidas, seguir institucionalizando los organismos multilaterales y mantener, ante todo, esta perspectiva de administrar con la mayor diplomacia política estas crisis y estas intervenciones del imperio y de las oligarquías locales.

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*Biografíamínima

Fabián Lavallén Ranea es licenciado en Historia y en Relaciones Internacionales y doctor en Ciencias Políticas. Es director de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad del Salvador. Se desempeñó como Coordinador de Investigaciones del Centro de Estudios Estratégicos para la Defensa.

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